
Había una vez un arbolito feliz. Entre sus ramas había pichones traviesos que jugaban y piaban todo el día.
El árbol conocía muy bien a todos y los quería, los quería tanto...
Cuando hacía frio, los pichones se acurrucaban entre sus hojas , y si el sol estaba tibiecito, el árbol, moviendo sus ramas, les hacía dar saltitos invitándolos a jugar.
Pero un día, entre saltito y saltito, los pichones subieron a la rama más alta del árbol y vieron un azul hermoso y un bosque lleno de árboles que no conocían.
Se dieron cuenta entonces que sus alitas habían crecido lo suficiente como para intentar volar. Un aleteo... y otro más... y por fin el cielo no pareció tan lejano. Uno a uno, los pichones se fueron volando. El árbol los miró partir con orgullo, porque entre sus ramas los había cuidado durante mucho tiempo. Él sabía que en una tarde de lluvia los volvería a ver acurrucándose entre sus ramas, los recordaría siempre a cada uno de sus pichones.
Esa noche el árbol quedó solo y vacío. A la mañana siguiente no sólo el rocío mojaba sus hojas... nadie se había dado cuenta que había llorado.
Suena un poquito cursi, pero este cuento es el mejor modo de que mis peques comprendan
la tristeza que siente una maestra de Infantil cuando tiene que despedirse de sus alumnos.
Hoy he celebrado la fiesta de Graduación de mis pequeños. Ha sido un acto muy emotivo lleno de lágrimas y cariño.
Durante estos tres años me he sentido como en casa junto a mis peques. Los he visto crecer, y sin darme cuenta, ellos tienen que partir y yo también.Vine con lágrimas a este Valle desconocido para mí y el tiempo que se me antojaba largo ha pasado demasiado rápido y vuelvo a irme empapada en lágrimas.
Nunca los olvidaré.
