Vista de París con fondo Torre desde Arco del Triunfo
Arco del Triunfo
Museo del Louvre
Atardeciendo desde el Sena.
Me habían hablado muy bien de ti, París. Todo el mundo me decía que eras una ciudad maravillosa, que me ibas a gustar. Lo que yo no sabía es que nada más pisar tus calles me ibas a embrujar de tal manera produciendo en mi un encantamiento similar a un enamoramiento profundo, a un flechazo de amor que ni la mejor pócima de una buena Celestina podría llegar a curarme.
Primero deambulé por tu viejo metro, que todo el mundo critica. Dicen que una ciudad como tú tiene un metro que no le hace justicia. Tal vez en cierta manera tienen razón, pero yo creo que tu viejo metro tiene algo de romántico, de bohemio. Cuando uno entra en tu metro no sabe si se encuentra en el siglo XXI o tal vez pueda transportarse a siglos pasados y cruzarse con la Piaf en alguna vieja estación.
Al ascender de tus entrañas me deslumbraste con tu maravillosa ópera. Para mi próxima vuelta, mi amada, me queda visitar tu ópera por dentro para disfrutar de algún espectáculo de bel canto o de danza.
Me dejé llevar por tus anchas avenidas, tus barrios tan vivos y personales, tus mercados de flores, hasta vislumbrar Notre Dame y sus maravillosas vidrieras...Perderme en el museo de Orsay y emocionarme con los impresionistas.
Pero es cuando cae la tarde cuando París se llena de misterio y de embrujo. Nada mejor que pasear a orillas del Sena y cruzar sus puentes. Observar la torre Eiffel iluminada, mientras ves la vida fluir en el Barrio Latino. Navegar por tu rio y ver como bailan el tango en tus orillas y pedir un deseo al cruzar por debajo del Pont Marie, el puente de los enamorados.
Y cuando por fin tuve que decirte adiós me embriagó una gran pena. Tu "cuerpo de asfalto" me supo a poco. Quisiera recorrerlo a diario parándome en cada uno de tus recónditos rincones, y tal vez encontrarme allí con La Maga de Cortázar. Volveré a ti , todavía quiero conocerte más. Je t'aime, París...
