Antiguamente en la zona de León y Asturias, y desconozco si en alguna región más, la gente se reunía alrededor de un fuego a contar historias, chismes, cuentos que hacían pasar una jornada agradable a quienes lo compartían. Esas reuniones fueron llamadas filandones.
Sin darme cuenta me encontré atrapada entre tus redes. En un instante intenté escapar sin mucho convencimiento de tu trampa de seducción. Me sentí como una Caperucita atraida por el lobo, pero ni siquiera hice esfuerzo para desanudar las cuerdas que me unían irremediablemente a tu cuerpo .
Cerré los ojos y me dejé llevar de tu mano al mundo de lo prohibido.
Hay días en que siente que su magnetismo está en alza. Ningún chico puede evitar girarse a su paso. No puede evitar sonreir cuando le lanzan esos piropos y le encanta compartir sonrisas de complicidad con aquel chico tan atractivo que desde hace tiempo le sigue la pista.
Frente al espejo ya no se siente una extraña y ensaya guiños, sonrisas, y caidas de ojos. Su cajón está repleto de maquillajes y perfumes, y sonríe al pasar al lado de la foto de aquella chica de ojos tristes que se pensaba un patito feo.
Y es que todo en la vida es cuestión de actitud...
"Sé que soy mucho más guapo cuando no me siento feo"
(Fito y los Fitipaldis)
Todavía recuerda como cuando era pequeña se apartaba de aquel inocente juego del "conejito de hoy", pues pensaba que jugando con los niños ninguno de ellos se acercaría y plantaría un beso en sus rechonchas mejillas. Y cuando fue creciendo, a pesar de que su cuerpo se afinó, se guardaba en lo más profundo de la discoteca cuando tocaban los lentos, ¡cómo los odiaba!, y observaba con frustacción como sus amigas eran arrastradas a la pista de baile por manos jóvenes rebosantes de hormonas en ebullición.
En la intimidad de su cuarto practicaba besos que pensaba nunca llegaría a dar, e imaginaba príncipes azules que por medio de caricias la desencantarían y la convertirían en una chica más atractiva y extrovertida.
No le gustaban los espejos, incluso evitaba ver su reflejo en los escaparates de las tiendas. Siempre se sacaba algún defecto, y a veces golpeaba el vidrio que la reflejaba llamándose fea.
Solía pensar "trágame tierra", cuando un grupo de chicos se acercaba a hablar con ellas y se iba a llorar al baño cuando sus amigas comenzaban a entablar conversación . Se iba sintiendo pequeña y ridícula, no dándose cuenta de que era ella misma la que se hacía invisible para los demás, con su inseguridad, su mutismo y su melancolía.
Ahora que había cambiado, se daba cuenta de la cantidad de tiempo y de experiencias perdió sintiéndose un "patito feo", pero lo malo era que de vez en cuando, sobre en todo en las noches más frias aquel animalejo volvía a salir de su interior , no ya de forma tan permanente, pero si como un ligero espejismo que la asaltaba en momentos precisos ...