Tejo milenario de San Cristóbal de Valdueza(El Bierzo- León)
Hacía ya tiempo que la nieve había cubierto por completo sus cabellos. Sus ojos habían perdido el brillo de antes, pero en ellos seguía habiendo aquella mirada tierna, profunda, como el primer día en que se conocieron.
Todos los días ella acariciaba con ternura el arrugado rostro de él, al que seguía viendo como aquel chico apuesto que había acaparado sus sueños desde que era una adolescente.
A él le gustaba abrazarla contra su pecho y hundir la nariz en su cabello. Ella seguía oliendo a limpio, al jabón de su infancia y ese aroma que lo envolvía cada noche y acunaba, mezcla de mujer y de ternura infinita.
Habían caminado juntos muchas primaveras, pero sin embargo les había resultado un corto paseo. La vida los había puesto a prueba en muchas ocasiones, y mentiría si él no reconociera que no se había fijado en otras mujeres, pero no imaginaba la vida sin su María, con su infinita paciencia, comprensión y esa complicidad que compartían y que sólo ellos entendían, como un código secreto indescifrable.
Les unían las alegrías y también las tristezas. Juntos habían luchado contra tempestades, criado varios hijos y enterrado muchos amigos y familiares, pero de la mano habían superado todas las duras pruebas que el destino les había lanzado.
-“Me hacen mucha gracia los jóvenes de hoy en día, Julián”-comentaba ella a su marido- “¿Cuántas novias lleva ya tu nieto Pedro?. A su edad ya estábamos casados y teníamos a Julia.
-Dicen que nada es eterno... es que a los jóvenes de hoy en día les han enseñado a quererse solamente a ellos mismos y cuando surge cualquier dificultad en la relación deciden cortar por lo sano”.
-“Cuánta razón tienes, María”- contestaba él- “¿te imaginas cuántas veces habríamos tenido que separarnos nosotros si de dificultades se tratara?”.
Aquella mañana nadie les vio pasear de la mano por los jardines de la residencia, ni escuchado sus risas en la sala de televisión…
Buscaron a María y Julián por todos los rincones, y cuando ya todos pensaron que ambos habían decidido escapar como jovencitos a vivir una nueva aventura, alguien encontró dos bultos junto al lago. Ambos estaban recostados el uno al lado del otro, con las manos unidas, como en un plácido sueño. Ella tenía en la cabeza una corona de flores y él un clavel en la solapa. Tallado en el árbol que parecía protegerlos dándoles sombra en su sueño eterno, había un corazón atravesado por una flecha en el que rezaba: “J y M”, por siempre. A sus pies, y como avergonzado, un bote de pastillas o el pasaporte para el más allá.
Silvia >(9/5/08)
Dedicado con cariño a mi amiga Esther, a la que le emocionó mucho este escrito, y a todos aquellos que creen en el amor eterno.